
La historia del ron cubano forma parte inseparable de la historia de Cuba. Ya entre 1762 y 1792, Cuba abastecía al mercado internacional con ese rubro, que dio paso entre los siglos XVIII y XIX al genuino ron de la Isla, el cual acumuló una rica trayectoria de tradiciones que llega hasta nuestros días
El genovés Cristóbal Colón, descubridor de Cuba, reconoció hace más de 500 años que la caña de azúcar crecía muy bien en la Isla, donde llegó a constituir su primera industria.
Fueron los esclavos africanos, traídos a estas tierras del Caribe en otros siglos, quienes desarrollaron ese cultivo, del cual se extrae no sólo el azúcar, sino también el aguardiente, que con el paso del tiempo le confirió esa identidad insustituible al ron cubano.
Este destilado procedente de la caña de azúcar nació en Las Antillas y se extendió a Europa y sus colonias en América durante los siglos XVII y XVIII. También llegó al Palacio Real en España y ganó la preferencia de la Corte. De ahí se extendió a los más refinados lugares donde concurría la aristocracia europea, sin renunciar a su presencia entre gente de pueblo.
Al riguroso control del aguardiente y su añejamiento, los roneros en Cuba unen una centenaria experiencia de mezclar y añejar sucesivamente una apreciable variedad de rones bases hasta alcanzar aquello que exprese la esencia de lo cubano, su variedad de aromas y colores, propios de esta Isla caribeña, caracterizada por el mestizaje.
Para la realización de las distintas etapas del añejamiento se usa una variedad de barriles de distintos tiempos y números de usos, como si la sabia presencia de su ancianidad le confirieran cierto misticismo al producto final.
Un pedacito del sabor cubano en cada sorbo de ron es la máxima que identifica a este producto, el cual se inscribe entre las expresiones de la cultura y la identidad nacional.

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