Otro de los lugares preferidos por el escritot fue La Terraza, restaurante marinero del pueblo de pescadores de Cojímar, y en La Habana, el Floridita donde el escritor Hemingway solía sentarse –la primera butaca de la izquierda de la barra- y en La Terraza, su mesa de siempre, en la esquina izquierda, junto a la ventana.
Por cierto, Hemingway era un buen bebedor y ya se imaginan las citas frecuentes en la Floridita, del cual también se menciona en varias de sus obras. En cuanto a la Finca Vigía fue la única casa verdaderamente estable que el escritor tuvo en su vida. Mary Welsh, su cuarta y última esposa, tuvo gran dedicación en poner todo en orden y hasta dispuso la construcción de la torre de tres pisos aledaña a la casa.
La última planta fue la habitación donde trabajo Hemingway. Pero a veces se sentía solo en este lugar. Hasta que un día nunca más volvió a utilizar el sitio para escribir. Comentó que no podía resistir la soledad. Lo anecdotico del caso es que ya el escritor sentía los remordimientos que lo llevarían al suidicio. Una vez dijo a sus amigos : “Miren como voy a matarme”. Colocaba la culata de su escopeta Mannlicher Schoenauer 265 en el piso y apoyaba el cañón en el cielo de la boca. Luego oprimía el gatillo con el pulgar de un pie.
Y exclamaba sonriente: “Esta es la técnica del harakiri con fusil.” A su muerte, el escritor había dejado varios legados al pueblo cubano, como la propiedad de Finca Vigía, pues quería que el predio se convirtiera en lugar de reunión de jóvenes intelectuales y artistas y que funcionase allí además un centro de estudios botánicos.
Fidel Castro, fiel admirador de Hemingway y quien lo conoció personalmente durante uno de los torneos de la pesca, propuso que la finca se convirtiera en museo, sugerencia que aceptó la viuda del narrador. Pero más que un museo, Finca Vigía continúa siendo la casa de Hemingway.
Artículos relacionados




0 Comentarios en “Hemingway, el escritor que amó Cuba (II)”