Caminando por La Habana Vieja os encontraréis con un hermoso conjunto arquitectónico: la Plaza de la Catedral, un sitio antiguo y con mucha historia donde podéis sentaros a descansar y tomar un café mirando la catedral, antes de ingresar a ella. La Plaza ocupa una zona que hasta el siglo XVII fue tierra anegada que con el tiempo fue secándose y permitiendo la construcción de edificios y la ampliación de la plaza original.
Allí se alza desde el el siglo XVIII una iglesia que primero perteneció a la Orden de los Jesuitas y posteriormente y hasta el día de hoy es la Catedral de Cuba. Expulsados los jesuitas de América se tomó el lugar y se lo remodeló bajo la atención de los obispos de turno. El edificio en sí es una construcción rectangular de 34 x 36 metros que dentro está dividido por gruesos pilares en tres naves y ocho capillas laterales. Algunas de estas capillas son bien antiguas, como la de Nuestra Señora del Loreto del año 1755 o la Capilla del Sagrario.
Lo cierto es que el edificio guarda tesoros preciosos en cada rincón. Su piso es de baldosa de mármol negro y blanco y hay muchas esculturas y piezas de orfebrería en el Altar Mayor donde vemos mármoles, metales y una colección de frescos del pintor italiano Perovani. Entre sus reliquias veremos varios sagrarios o custodias, una colección de retratos al óleo de obispos habaneros, algunas tumbas de eclesiásticos y un pequeño cuadro que representa al Papa y que se cree es del año 1478.
Vista desde la plaza la Catedral se eleva al cielo con dos torres, una a cada lado del edificio central y con una cúpula de color naranja que se encaja por debajo de la altura de las torres. El estilo imperante es el barroco del siglo XVIII y dentro, abrigados por el silencio, podemos ser testigos del renacer del culto católico después de los largos años de prohibición. Merece la pena visitar la catedral en Navidad.
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